CINE DE VERANO: Nicky, la aprendiz de bruja (2014)


Os la recomendamos si… Amáis a la pequeña bruja y queréis verla en más aventuras

No lo encontraréis en otra parte: El retrato nada edulcorado de los habitantes de Koriko

Vedla: aquí.


Sinopsis

Como manda la tradición de las brujas, al cumplir los 13 años Nicky se ve obligada a abandonar su hogar durante un año entero para desarrollar al completo sus poderes y aprender a usarlos para ayudar a los demás. Montada en su escoba voladora y acompañada por su fiel gato Jiji, Nicky pondrá rumbo a Koriko, un pequeño pueblo costero donde vivirá increíbles aventuras y hará grandes amistades, pero también tendrá que hacer frente a las dificultades de ser una bruja y tener poderes que la hacen diferente del resto de personas.



Si sois mínimamente adeptos al anime japonés, habréis entrado a este artículo con la ceja arqueada, esperando descubrir por qué os estamos recomendado la adaptación a imagen real de un clásico de la animación tan icónico y tan querido como Nicky, la aprendiz de bruja de Hayao Miyazaki (1989). A los que no conozcáis la cinta de Miyazaki, no sufráis –ver la versión de Takashi Shimizu no os arruinará la experiencia de descubrir la versión animada.


Para empezar, porque la película de Shimizu no es un remake del clásico de Ghibli. Miyazaki, en 1989, adaptó como base para su film la novela juvenil de Eiko Kadono Majo no Takkyubin, escrita en 1985. De hecho, Kadono, aprovechando el éxito de la cinta de Miyazaki, escribió hasta cinco secuelas para su personaje (la última, publicada en 2009), pero nunca llegó a ser tan reconocida como su primera adaptación. Así es que, desde 1989 y visto el poco éxito que la continuación de la saga de Kadono tuvo en relación con la película de Ghibli, ha habido un miedo generalizado de adaptar la historia de la pequeña bruja. Miedo a una comparación de la que ninguna nueva versión podría salir ganando: es una suerte tener una cinta tan buena como la de Miyazaki, sí, pero a la vez esta ha eclipsado completamente cualquier posibilidad de reinterpretar el material original sin ser sistemáticamente cuestionada por un aluvión de fans con ganas de reivindicar una cinta que, por otra parte, no necesita de nadie que la defienda.

Sin embargo, a pesar de las reticencias iniciales, la japonesa Toei decidió darle una vuelta en forma real que permitiría disfrutar de otra visión del mágico mundo de Nicky o, al contrario, internarse por primera vez en él. Para ello, partieron de los hechos básicos de las novelas (la historia de maduración, con sus más y sus menos) y adaptaron algunas aventuras que Ghibli había pasado por alto en su versión. Al fin y al cabo, si sabían que iban a ser comparados, lo mejor era hacer una versión completamente diferente.



Diferente, os aseguramos que es. En los primeros planos de la película, ya queda claro que el universo en que se desarrollarán el viaje personal de la pequeña bruja. El pueblo donde nace y crece es completamente diferente de la idílica masía europeísta de la Nicky de Miyazaki: no hay prados verdes; en su lugar, un pueblo construido en pequeñas terrazas sobre un laberíntico entramado de acantilados, conectados entre sí por puentes. Un mundo genuinamente mágico donde los elementos más oscuros del folk asociado a la brujería no se evitan sino todo lo contrario: desde los conjuros y los sellos que la madre de Nicky se afana en mejorar hasta el mismo atuendo de la familia de la pequeña, que nos traslada directamente a un imaginario arcaico, escondido aún en las montañas más altas del Tíbet…


Este giro hacia lo folk viene, sin duda, de la mano del realizador escogido para dirigir la película: el nombre de Takashi Shimizu os sonará por haber dirigido algunos de los clásicos más memorables del terror japonés. Es responsable, sin ir más lejos, de Ju-on (La maldición, 2000) y su remake americano, cuatro años más tarde, con Sarah Michelle Gellar de protagonista (aquí se estrenó bajo el título de El grito). El mismo Shimizu admite, en una entrevista para la Japan Times, que la propuesta de dirigir Nicky fue una sorpresa para él, pero viendo la película es fácil entender por qué recurrieron a él, en lugar de a un director de televisión al uso. Y es que este toque más “brujístico” acompaña y subraya una historia que, sin dejar de estar dirigida a los más jóvenes de la familia, tiene un trasfondo más duro de lo que a priori podría parecer.



Os lo explicamos brevemente (atención: si queréis evitar algunos spoilers ligeros, pasad al párrafo siguiente). Mientras que en la película de Miyazaki la imposibilidad de Nicky de despegar con su escoba era resultado indirecto de haber trabajado demasiado –una situación de sobreesfuerzo laboral con la que, por otra parte, es muy fácil identificarse (como comenta un maravilloso artículo de The Face)–, en la versión de Shimizu, Nicky pierde su capacidad de volar porque es una auténtica víctima de bullying. En el pueblo de Koriko, la gente desconfía de la pequeña y no quieren saber nada de sus servicios hasta que demuestra, con un recado para Sumire (Yo Yoshida), que puede serles de alguna utilidad. Por otra parte, los niños, capitaneados por el gruñón Tombo (Ryohei Hirota), solo la ven como una divertida atracción volante. Una curiosidad más que colocar al lado de los inventos del aspirante a aviador Tombo. Peor es que cuando Maruko, el pequeño hipopótamo del zoo, enferma, su cuidador (Hirofumi Arai) culpará a la bruja de su condición, sin prácticamente nadie que la defienda. Estos gestos de crueldad hacia la protagonista pueden resonar de cerca para muchos de nosotros, grandes y pequeños, por lo que la cinta de Shimizu puede servir también para entablar una conversación sobre la relación que mantenemos con nuestros compañeros en la vida real.



Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, Nicky es una niña con mucho carácter. Una joven que, aunque siga siendo educada y muy, muy educada, tiene de por sí un brío que a su homónima japonesa le costaba de arrancar (lo cual evidentemente tenía sentido en la historia de Miyazaki). Un carácter que lo le exime de tomar decisiones difíciles: al contrario de la versión de 1989, después del año “en prácticas” fuera de casa, las jóvenes brujas deben decidir si quieren seguir ejerciendo su oficio o, si bien, prefieren volver a casa. Una decisión complicada para alguien como Nicky, que no lo tendrá nada fácil aún siendo talentosa encima de la escoba.


En el apartado visual, otra injusta comparativa: sí, la cinta de Miyazaki es mucho más espectacular que la de Shimizu –pero esta sabe jugar con destreza sus cartas. Por ejemplo, reduce el tamaño de la gran ciudad de su hermana animada para concentrar lo esencial de la historia en el pequeño pueblo de Koriko. Una villa costera que, a pesar de su tamaño, disfruta de un carácter y una vivacidad singulares; ahí, cabe destacar el genial trabajo de puesta en escena de la diseñadora de producción Namiko Iwaki y el decorador Daijiro Koyama. Algo que gozaréis especialmente aquellos a quienes os guste la atención al detalle propia de las películas de Wes Anderson: fijaos en la rica decoración de la casa de Nicky, o el interior de la panadería, parecida a la de una casa de muñecas.



Ya para acabar, hay que destacar que esta puede ser muy buena cinta para introducir a los más jóvenes al mundo del cine japonés, a través de algunos de sus rostros más icónicos, con nombres como el de Machiko Ono (De tal padre, tal hijo de Hirokazu Koreeda o El bosque del luto de Naomi Kawase), Hirofumi Arai (Confessions, Parásito o Gintama) y actores de carrera internacional como Tadanobu Asano, habitual en la saga de Thor y en fantasías épicas como Mongol (2007) o Battleship (2012), aunque aquí solo ejerce de simpático doctor. Sin olvidar, claro, a los protagonistas: el de Nicky fue el primer papel en la gran pantalla de Fuka Koshiba, una aspirante a patinadora que después se convertiría en una auténtica estrella de la ficción televisiva nipona.


¿Cómo lo veis? ¿Hacemos un cine en familia con Nicky?


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