CINE DE VERANO: Scabbard Samurai (2011)


Os la recomendamos si… No os conformáis con las ligeras comedias veraniegas de siempre.


No lo encontraréis en otra parte: El sincero desnudo de un humorista acabado.


Vedla: aquí.


Sinopsis

Kanjuro Nomi (Takaaki Nomi) es un samurái sin espada, de la que solo conserva su funda. Tras abandonar por completo la violencia y embarcarse en un viaje con su hija Tae (Sea Kumada), ahora está en busca y captura como desertor. Su única opción de salvar la vida es hacerle recuperar la sonrisa al Príncipe, triste desde la muerte de su madre. Para ello dispondrá de treinta días: si no lo logra, deberá cometer sepukku (suicidio ritual).


En motivo del reciente pase de Symbol en el programa Gandules del CCCB, os recomendamos la consagración definitiva de uno de los grandes (y más desconocidos) nombres del panorama cinematográfico japonés del siglo XXI. Porque, si bien las kaiju-eiga o el jidaigeki llevan ya años popularizándose entre el público occidental, la comedia de lo grotesco producida en lejano Oriente es quizás el último velo a traspasar para la cinefilia media. Hitoshi Matsumoto, uno de los mayores representantes del género –y, me atrevería a decir, el que tiene un estilo más coherente–, por lo tanto, siempre ha quedado a la sombra de otros autores que han trabajado en campos más cercanos al gusto occidental: Kurosawa, Miyazaki e incluso el descarnado Kitano. Desde Mediatres, queremos redescubrirlo.



La tercera película de Matsumoto, Scabbard Samurai, puede leerse a distintos niveles. El primero y más accesible es la tierna historia del guerrero desencajado por las circunstancias, convertido por la fuerza en un clown triste del que incluso su hija se avergüenza. Una mezcla entre comedia slapstick y drama sentido que sorprenderá a iniciados (o no) en el maravilloso terreno de lo absurdo.

No es muy difícil observar la segunda capa de significación que de esta historia se desprende: el ronin Nomi, álter ego de un director que ha forjado toda su carrera en populares programas de humor televisivos, constituye un alegato-alegórico sobre la epopeya en la que consiste hacer reír a su público. Un homenaje a la figura del cómico que se expone, desnudo, delante de unos espectadores poco dispuestos a perdonar (en este caso, de perdonarle la vida). Aunque pronto, los gags que el condenado idea, con la ayuda de sus guardias, irán ganándose a los habitantes del pueblo, que empiezan a acudir jocosos a sus performances diarias. El de Nomi es un humor que, aunque al principio resulte bizarro, es accesible para las masas (inclusive gags tan típicos como el del hombre-bala). Pero, ay, solo dos personas no conectan con él: los niños. Las criaturas, que deberían tener una especial predisposición para el humor físico, son los últimos en abrirse a lo que el ronin está haciendo. Y aquí viene la pregunta: ¿Por qué no ríen?



Para comprenderlo, debemos trasladarnos a la que es la tercera capa de la película, viajando a los orígenes de la carrera de Matsumoto y a las claves de su trayectoria como humorista. Los suyos son muy similares a los albores de otro gran maestro del cine japonés, Takeshi Kitano: como él, se inicia en un dúo de comedia manzai, los Downtown, que conocen el éxito de forma rotunda y fulgurante; como él, da su siguiente paso en programas de variedades de televisión, donde aún se mueve a día de hoy; y, como él, pero veinte años más tarde, decide dar un giro completo a su carrera y renace entre los aplausos de la crítica de festivales. Es una larga biografía, que podréis encontrar en cualquier medio especializado, pero aquí y ahora, nos interesa solo parte de ella.

Matsumoto, efectivamente, encuentra pronto el reconocimiento del gran público, que abraza con facilidad su persona pública y lo obliga a forjar un personaje claramente reconocible: un tipo desfachatado, patético y autoconsciente. Como su maestro, planea su propia liberación a través del cine, en un rincón oscuro detrás de las cámaras. Kitano ya había usado sus películas como doble combo revolucionario –primero, con sus papeles fríos y crueles en clásicos como Violent Cop (1989) o Punto de ebullición (1990) y, después, en un segundo giro de volante; sus comedias de lo absurdo, la primera de las cuales es esa mamarrachada de nombre Getting Any? (1994).


Fotograma de Getting Any? (1994)

Casi diez años más tarde, Matsumoto mueve ficha: su primera salida de tono será Big Man Japan (2007), una deconstrucción de la muy patria kaiju-eiga con el aura crepuscular de un héroe al que el pueblo ha perdido toda deferencia, aunque fuera de la pantalla el director se destapa como una auténtica sorpresa de un Nuevo Cine japonés. Con Symbol, estrenada dos años más tarde, Matsumoto vuelve a sorprender, esta vez imbricando un existencialismo de raíces kubrickianas con un humor maravillosamente banal. La nueva película del director, una vez anunciada, no podía levantar más expectativas. ¿Cómo volvería a sorprender a un público que ya lo esperaba «todo» del director?


Fotograma de Big Man Japan (2007)

La respuesta se encuentra en la relectura. Cuando la sorpresa y el desvío se consagran, solo queda volverse meta –dejar de jugar con los géneros y empezar a jugar consigo mismo. El humorista venido a director, pues, decide deconstruir el mismo gesto de lo cómico, desnudando el gag hasta sus elementos más esenciales y, consecuentemente, menos graciosos. Con ello, un acto arriesgado: como mago que enseña sus trucos o como genuino kamikaze del humor, Matsumoto pone a Nomi en el papel de un payaso que intenta hacer reír a base de bromas de lo más simplonas, que sabe que nunca encuentran en la risa su respuesta («Ponerse naranjas en los ojos, ¿en serio?»). Quizás el peor acto de auto-linchamiento público que un humorista pueda llevar a cabo… El chiste malo definitivo.


Así, se suceden los momentos de incredulidad y vergüenza ajena, en los que la incomodidad se vuelve protagonista indiscutible. A través del pelele que es Takaashi Nomi (en la vida real, un simple concursante que al director le cayó en gracia), Matsumoto falla y falla en su camino hacia la risa sencilla, blanca. Pero de los mismos deslices de Nomi surge algo mucho más potente, algo que va más allá del humor. Bendito sea el post-humor: «la tortilla deconstruida de la risa», ese «coche fúnebre con motor de comedia», «eso» que nos divierte porque no es gracioso. La autoinmolación definitiva: ¿Qué es mejor para asesinar a tu faceta cómica que hacerla sufrir, intentando en vano cosquillear el humor de un simple niño?


Fotograma de Bocadillo - Ismael Prego

Salvando las distancias (que no son pocas), este es un gesto parecido al del youtuber Wismichu con su performativo Bocadillo. Cuando Ismael Prego se da cuenta de que sus bromas infantiles, patéticas, están haciendo reír a ocho millones de suscriptores, decide matar a su persona pública con una gran broma de mal gusto de 73 minutos en los que pide, una y otra, y otra vez, un bocadillo vegetal. Pero lo que Prego no sabía, mientras que Matsumoto sí, es que la peor respuesta ante un chiste fallido no es el odio, ni el desprecio, sino la indiferencia. Aquella punzante indiferencia que incluso Tae, la hija de Nomi, parece sentir hacia su padre, al que pide que se suicide antes de seguir haciendo el ridículo.



Sin embargo, al final, ambos personajes encuentran su particular redención. ¿Quién diría que el youtuber español acabaría «madurando», encontrando su especie de paz interior? ¿Quién diría que, solo acompañado, el ronin solitario podría enternecer el corazón de sus conciudadanos y, más importante, de su hija? Dejo las preguntas al aire –quizás entremos más en detalle en la parte verdaderamente dramática de la película en otra ocasión.

¿Cómo lo veis? ¿Hacemos un cine de verano con Mr. Matsumoto?




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