GINTAMA: Del cutrerío me fío

Para mí, ver Plan 9 del espacio exterior (Ed Wood, 1956) a día de hoy es como volver a casa. Quizás porque la película es tremendamente evidente en todos los sentidos, o puede que sea porque ha envejecido muy mal. La cuestión es que, en sus carencias y exacerbaciones, resulta tan única que cada vez que la recuerdo acabo pensando que ya no se hace cine de este tipo. Al fin y al cabo, es fácil pensar que por las grandes pantallas ya no corren bebedores de sangre repeinados y con capa al estilo de Lugosi o Vampira, o que nunca más podremos ver a un luchador sueco como Tor Johnson convertido en un zombi hambriento de cerebros. Pero la sombra de películas como esta, una joya de la serie B más bruta y auténtica, es alargada.


Plan 9 del espacio exterior

Vayamos por partes. La serie B fue creada por los grandes estudios para atraer al público post-Gran Depresión a las salas en aquellas icónicas dobles sesiones con un título bueno (y caro) y otro muchísimo más barato, que servía únicamente como entrante para el plato principal de la velada. Todos los estudios tenían su división dedicada exclusivamente a producir películas de género con un presupuesto muy limitado y dentro de este sistema se forjaron imaginarios como el de Val Lewton o Jacques Tourneur, ambos detrás de clásicos de la RKO como La mujer pantera (1942) o Yo anduve con un zombi (1943). Y digo clásicos porque fueron un auténtico éxito (inesperado) de público en su época: para La mujer pantera el presupuesto fue solo de 130 mil dólares y la cinta alcanzó a recaudar tres millones.


La mujer pantera

Así es que, a pesar de la ley antimonopolio de 1948, que fulminó las dobles sesiones y, por consiguiente, la inversión de los grandes estudios en la serie B, las grandes-pequeñas películas de género siguieron produciéndose, con más ímpetu que nunca a partir de los años 60. Esta época vio, para empezar, el nacimiento de grandes nombres como el de Roger Corman, director de títulos de culto como La pequeña tienda de los horrores (1960), Death Race 2000 (1975) o la terrible serie de los 90 Carnosaurus (sí, la del doctor que quiere destruir a la humanidad por dinosaurios asesinos). Corman no solo enseñó a grandes directores del cine contemporáneo (Cameron, Coppola y Scorsese, por nombrar unos cuantos), pero sobre todo representó a la perfección lo mejor que este tipo de cine podía ofrecer –una creatividad aguda y desvergonzada.


La pequeña tienda de los horrores

Los cineastas de la nueva serie B habían aprendido bien de sus predecesores en los años 40: los rodajes debían moverse con la creatividad como motor de base, porque no había dinero para no ser imaginativo. Sin grandes presupuestos para actores, ambientación de época o efectos especiales, las ideas que movieran la historia tenían que despojarse de cualquier contención tonal para resultar atractivas a pesar de todo. El resultado: obras con premisas alocadas, que explotaban sus elementos más bizarros para apelar al nicho que se había creado alrededor del contenido pulp: invasiones de arañas gigantes (desde Tarantula hasta la más reciente Mega Spider), tomates asesinos (El ataque de los tomates asesinos, 1978), nazis surfistas (Los surfistas nazis deben morir, 1987)…


El ataque de los tomates asesinos

Son solo unos pocos ejemplos, pero sirven de base para comprender la tremenda influencia que tuvieron en todo el cine fantástico posterior, cuyos directores noveles empezarían a aplicar esta necesidad de la imaginación en sus propias obras, partiendo de narraciones alocadas amenizadas con efectos prácticos del todo evidentes y sin ningún complejo. Si querían narrar una invasión extraterrestre pero no tenían dinero para platillos, ponían máscaras deformadas a los actores, les daban metralletas y listo. ¿Y quién no recuerda los alienígenas de Mal gusto, de Peter Jackson?


Mal gusto

Los nuevos cineastas americanos perdieron la vergüenza, pero los japoneses no se quedaron atrás, estrujando diminutos presupuestos en las sagas de kaijus y otras bizarradas, mayoritariamente NSFW. Desde los años 90, el país ha ido desarrollando, además, una característica cultural que ha acabado traspasando a su cinematografía nacional: se trata de la mezcla entre lo raro, lo espeluznante y lo kawaii, tradicional marca de la casa. Con el kimo-kawaii (literalmente “asqueroso-mono”), una de las tendencias más populares de los últimos años, se justifica el éxito de artistas de Kyary Pamyu Pamyu o Ladybeard, pero también la existencia de títulos de serie B como Dead Sushi (Noboru Iguchi, 2012), cuyo centro es una auténtica masacre por parte de piezas de sushi zombificadas-demoníacas que son, por otra parte, seres extremadamente simpáticos y graciosos. En Japón, a lo raro se le sumaba lo mono y las películas resultantes tenían más que ver con un incómodo chiste que con la serie B como la conocíamos hasta el momento.


Dead sushi

Y qué tiene que ver Gintama con todo esto, os preguntaréis. La respuesta es sencilla: en la adaptación a imagen real de Gintama, Yuichi Fukuda decide tomar el camino marcado por el estrafalario espíritu de la serie B, con tintes kimo-kawaii japoneses, para adaptar una historia tan autoconsciente que de otra forma sería casi imposible retomar. El manga, cuya premisa parte de una invasión que transita constantemente entre lo grave y lo ridículo, ya servía en sus orígenes como ejercicio de parodia de la seriedad del shonen –una suerte de respuesta absurda a una ficción predominante demasiado enfrascada en sí misma–, y este espíritu inherentemente referencial debía trasladarse de algún modo en la adaptación de imagen real, de por sí otra vuelta de tuerca a la explotación del original.


Para resaltar lo esencialmente absurdo de esta re-relectura del manga, Fukuda recurre a la tradición dejada por la serie B y disfraza de forma bastante literal a los amanto invasores con cabezas de goma o de felpa, sin ninguna intención de resultar verosímil. En los primeros planos de la película, por ejemplo, vemos a un señor-pájaro, a un hombre con cabeza de caballo, a una especie de kolog con cuerpo humano y a un par de guepardos-militares con traje de piel de guepardo (si eso tiene algún sentido). Surcando el cielo, una multitud de naves espaciales hechas con CGI barato. Acompañando a nuestros protagonistas está Elizabeth, un pato enorme en cuyo interior habita un marionetista con piernas claramente humanas pero capaz al mismo tiempo de despertar el horror cósmico en Shinpachi con una sola mirada. Sin olvidar la mascota de Kagura, un Sadaharu hecho también enteramente a base de CGI sin ningún temor de causar en el público efecto alguno de valle inquietante.


La obra de Yuichi es ideal para este tipo de rescate del prop más auténticamente B porque en su interior habita el gran dilema de la adaptación a imagen real. Un conflicto que hemos vivido todos los fans del género, que radica en la imposibilidad de adaptar de forma cien por cien fiel la estética de un manga, cuya forma básica es el dibujo –no la imagen fotorrealista. Gintama, abierta desde el principio a la destrucción automática de la cuarta pared, es la obra perfecta para exponer abiertamente que detrás de cualquier traspaso al reino de la imagen real debe haber un espíritu humilde, que permita ser infiel al original de la mejor forma posible. ¿Cómo? Recuperando el espíritu festivo, inherentemente fallido, de la serie B.


En este sentido, Gintama falla maravillosamente y sigue el camino que otras adaptaciones antes que ella ya habían tomado. En nuestro catálogo, quizás las más destacables son Terraformars (Takashi Miike, 2016) y sus caracterizaciones carnavalescas. No es casualidad que Miike sea un experto en la serie B, con títulos tan underground como Gozu (2003) o el live action de Ichi The Killer (2001) bajo su nombre. En Terraformars no faltan humanos extra maquillados con poderes ni enormes cucarachas humanoides de CGI –y tampoco personajes con peinados estrafalarios, queda claro.


Otra película del estilo es el espectáculo de CGI malo que es el díptico de Ataque a los titanes (Shinji Higuchi, 2015-16). Un Ataque a los titanes fotorrealista podría haberse convertido con extrema facilidad en un espectáculo de personas enormes y desnudas correteando por la ciudad, por lo que los creadores decidieron adoptar con los brazos abiertos el efecto del valle inquietante en el que sabían que iban a caer. Si a eso le sumamos grandes dosis de sangre, sexo apocalíptico gratuito y nazis, hay un auténtico heredero de la mejor serie B.


Puestos a tratar con grandullones, lo mejor es cerrar con el maravilloso acercamiento de Hitoshi Matsumoto al imaginario ligado a la cultura popular japonesa: Big Man Japan (2007). Con la risa deshinchada de aquel que sabe que nunca va a estar a la altura y a través de la imagen realista propia del mockumentary, el director reivindica la necesidad social de espectáculo, de fuegos artificiales. Pero Big Man Japan no sería lo mismo si lo bombástico de los combates encima de la ciudad no fuera también cutre. Si Masaru fuese atractivo, si fuese valiente y eficaz, no habría una historia para recordar. Sería otra entrega en Full HD en un mural tan satinada, higiénica y fotorrealista como impersonal.


Y yo, personalmente, prefiero una historia del cine imperfecta pero con carácter, cuya mayor virtud sea el no avergonzarse de sus taras y aristas. Del cutrerío, me fío.


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