TRES BASES PARA UN BUEN LIVE ACTION: El trazo autoral de Shinsuke Sato

Con el lanzamiento de Inuyashiki a solo unos días vista y su preventa ya abierta, se nos presenta una magnífica oportunidad para escribir sobre por qué Shinsuke Sato, director de la cinta, nos parece un autor imprescindible dentro del panorama cinematográfico japonés contemporáneo, a la vez que reabrimos unas pocas cuestiones algo quisquillosas para el purismo otaku y cinéfilo. Efectivamente, el cineasta, dedicado casi exclusivamente a la realización de títulos live action, funciona como caso perfecto para un debate que hoy día sigue estando totalmente vivo: ¿Puede considerarse «autor» cinematográfico alguien que se dedica solo a adaptar, a «traducir» en imágenes la historia (en manga) de otro?


Shinsuke Sato - Director de Cine

Nuestra respuesta, como se adivina por el título de este texto, es que sí. La razón: todo proceso de adaptación entre medios implica un cierto grado de intromisión, y ello comporta un peso autoral innegable. Sin ir más lejos, Stanley Kubrick (pensemos en grande), al adaptar El resplandor de Stephen King, trastocó y reordenó todos los elementos que el novelista había puesto en el corazón del material original, creando con ello una obra completamente nueva (y hay quien dice que mejor). En el caso de Sato, la voluntad no recae tanto en la destrucción total del contenido del que parte para satisfacer una visión personal como en la reformulación de los mejores elementos del manga que adapta en función de lo que mejor resultados dará en la pantalla; se trata de un proceso de filtración y descarte a partir de un conocimiento profundo del cine y sus ritmos: un trabajo de afección, más que de un absoluto rigor hacia el material original.

¿Quita peso autoral que sus películas estén diseñadas «para funcionar»? Ciertamente, en cuestión de guionaje, sí: los seguidores del manga, cuando se dirigen a la sala, esperan conocer a los personajes que delante de sus ojos se muestran, y ahí quedan todos los requerimientos de la serie original, en cuanto a puntos narrativos clave se refiere, además de los tan preciados easter eggs. Pero eso no es algo único en la adaptación de mangas, y no quita que el filtro por el que se escoge qué y cómo mostrar los arcos del papel a la pantalla venga determinado por el estilo de un cineasta; véase el Joker de Todd Philips, una película con una visión netamente «de autor» que bebe constantemente de referencias dadas por la necesidad de DC de construir un universo ampliable con el tiempo.



Por ello, a la hora de visionar los títulos firmados por cineastas como Shinsuke Sato –tan apabullantemente oscurecidos por el propio material que adaptan–, hay que tener en cuenta el esfuerzo voluntario que los realizadores han desempeñado en desaparecer completamente de la pantalla, dejando «solo el manga» para el disfrute de los seguidores. Directores netamente narrativos, transparentes –como, por otro lado, lo fueron nombres tan diferentes como Howard Hawks y Michael Bay, por decir solo un par–, que, sin embargo, siguen trasladando un cierto estilo, una apuesta específica e identificable en la forma de sus películas. Nuestra intención al escribir este texto es, por lo tanto, la de reivindicar tres de los rasgos en los que el trazo de Sato destaca, centrándonos en tres títulos que los representan. ¡Empecemos!


GANTZ (Y GANTZ: PERFECT ANSWER)



Si hay algo que comparte todo el cine comercial japonés, eso es la ajustada calidad entre espectáculo visual y presupuesto. El cine live action nipón, todos lo sabemos, no puede compararse con una superproducción hollywoodiense, que cuenta con fondos de sobra para hacer estallar montones de efectos prácticos y contratar a equipos enteros de animadores profesionales a tiempo completo (aunque, como se ha demostrado en los últimos años, el trabajo con los efectos especiales queda cada vez más apretado por los timings de estreno y, por lo tanto, la excelencia visual corre el riesgo de perderse). En definitiva, que hay algunas películas asiáticas que deben rascar en efectos a fin de simplemente poder contar una historia.

Shinsuke Sato destaca justamente en lo contrario: en su insistencia, para cada una de sus películas, en el uso de props físicos, reales y tangibles, combinado con unas altas exigencias en materia de efectos digitales. La combinación, como sabe el ojo humano aun sin conocimiento alguno de cine, da resultados espectaculares. Así es que, mientras que algunas películas de gran presupuesto americanas ignoran los efectos no digitales y acaban viéndose como auténticos montones de CGI (*tose* George Lucas *tose*), los títulos de Sato siempre tienen el componente de realismo que nos arrastra una y otra vez hacia su historia. ¿Quién no recuerda los trajes –plásticos, futuristas–, las pistolas y los monstruos de Gantz y su secuela? A mi parecer, han aguantado bastante bien los ocho años (no son pocos) que han pasado desde su estreno. Por lo menos, mucho mejor que todo el universo de *tose* Lucas.



I AM A HERO



Otro bastión a reivindicar en el apartado de los efectos especiales (Premio en Sitges, en esta categoría), y más teniendo en cuenta la dificultad de adaptar los neo-zombis del manga de Kengo Hanazawa, plásticos y deformes como nunca visto. Sin embargo, I am a hero destaca, a mi parecer, por un aspecto bien distinto: una dirección espectacular.

Clásico, sobrio, limpio: ese es el estilo de un director que no duda en filmar un auténtico debacle postapocalíptico en plano secuencia (¿Recordáis la brutalidad desencadenada antes del encuentro entre Hiro y Hiromi?), y que no usa, bajo ningún precepto, ese recurso facilón que es la cámara en mano. Como inauguraba Steven Spielberg en la playa de Normandía de Salvar al soldado Ryan, Sato parte de la idea de que el caos debe ser comprendido, nunca engorronado para ahorrar en buenas coreografías y stunts: los planos del adrenalínico final (¡a cuatro o cinco bandas!) son largos e inteligibles y, por lo tanto, significativos. Que muera tal o cual personaje, en este contexto, importa –por el simple hecho de que nos enteramos, entendemos qué ha pasado–. Lo cual no quita que la secuencia final de la película no sea un despilfarre de recursos visuales agudos y divertidos, más cercanos al slapstick que al subgénero de zombis, incluso: en definitiva, un ejemplo a seguir si se quiere dirigir acción.



INUYASHIKI



Sato también había demostrado su mano como narrador en I am a hero, pero Inuyashiki lo confirma: nos encontramos ante un director que, aunque disfruta jugando con las imágenes, no escatima a la hora de cortar. Cortar, siempre cortar, porque el suyo es el oficio de reducir sagas enteras en películas de hora y media-dos horas de metraje. Por eso, desnuda la historia de Inuyashiki y Shishigami a su esqueleto emocional y narrativo más puro, dejando solo aquellas situaciones que movilizan a nuestros protagonistas hacia adelante e, inevitablemente, el uno contra el otro. Sato es un buen censor, pero –por ello– sabe muy bien qué deja dentro y fuera y nunca cae en el exceso, tan propio del manga como medio.


Lo podréis comprobar al ver la sobriedad y la emoción contenida de Inuyashiki, cuando salga directo a vídeo el 3 de octubre. Hasta entonces, podéis conseguir un póster gratuito a través de la preventa, abierta hasta la víspera del lanzamiento.



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