Las bombas atómicas: Hiroshima y Nagasaki

El 6 de agosto de 1945, un solitario avión sobrevolaba la ciudad de Hiroshima en una aparente misión de reconocimiento. Eran las 8:15… un fogonazo cegador como mil soles, seguido de una sobrecogedora explosión, cubrió la ciudad. Tres días más tarde y sin explicación a lo ocurrido en Hiroshima, la población de Nagasaki, recibía un vuelo similar… Eran las 11:01 de la mañana.

 

Fueron solo dos bombas, pero con un resultado de 110.000 muertos al instante y casi 400.000 más con posterioridad, a causa de las heridas y la radiación recibida. Nunca antes, dos artefactos bélicos sembraron tanta muerte y desolación.

 

Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, enmarcados en los múltiples horrores de la guerra del Pacífico, representaron un punto de inflexión en el armamento utilizado hasta ese momento por el ser humano en un conflicto bélico y aunque antes del lanzamiento de las bombas atómicas se desconocía su capacidad real de destrucción, las pruebas realizadas por los científicos ya habían anticipado su dramática eficacia. No obstante, los efectos de los bombardeos nucleares superaron la potencia de devastación prevista para estas nuevas armas, toda vez que se consiguió el objetivo más inmediato de su empleo: el fin de la guerra.

 

Estas dos bombas también representaron el inicio del uso de la poderosísima energía nuclear de fisión como nuevo objetivo de producción militar de las grandes potencias, dando origen a la carrera armamentística más infernal jamás emprendida. Se almacenaron miles de estas nuevas armas, capaces de destruir el planeta varias veces, y se dio paso a una nueva bomba aún más temible: la de fusión, o de hidrógeno. Paradójicamente y por el temor a la escalada nuclear que se desató, las grandes potencias acordaron prohibir las detonaciones experimentales realizadas hasta la fecha y limitar los arsenales nucleares, derivando el uso de la energía nuclear a aplicaciones pacíficas. 

 

Este libro, escrito por Javier Vives Rego e integrado en la obra colectiva Japón, el archipiélago de la Cultura, pretende rendir tributo a estas dos ciudades japonesas cuyo bombardeo dio paso al fin a una cruel guerra, así como reconocer su posterior implicación en concienciar al resto de la humanidad de los enormes peligros de las armas nucleares. A través de sus páginas, el lector podrá conocer los hechos históricos más significativos, así como los museos y parques de la Paz de Hiroshima y Nagasaki. Estos edificios y monumentos fueron erigidos como una invitación a la concordia entre los seres humanos y por medio de su contenido e instalaciones se pretende llamar la atención del visitante sobre los enormes riesgos derivados de las armas nucleares y sus arsenales. 

 

Julián Fernández, editor