Agradecimientos

A la persona que, sin saberlo, ha sido determinante en la obra:

D. Justo Montero y Ponce de León.

Presidente de Ataio Ingenieros y mentor de mi carrera profesional, me dio la oportunidad de poder conocer el mundo empresarial japonés y la cocina kaiseki en 1977, hechos que me marcaron para siempre.

Con él nació mi vinculación con Japón.

 

Esta obra no habría sido posible sin la entusiasta aportación de todos los extraordinarios autores y colaboradores con los que he tenido el privilegio de compartir esto años de trabajo. Desde mi primer ofrecimiento de participación, siempre el más difícil de exponer, valorar y aceptar, hasta la última colaboración he obtenido, no solo, una respuesta afirmativa sino también una contributiva dedicación y ayuda en los muchos momentos de necesaria reorientación en la dinámica del proyecto.

 

Ellos son los verdaderos artífices de la obra, los auténticos constructores de los múltiples contenidos y del enorme rigor y fidelidad de sus trabajos editoriales. Esta es la verdadera esencia de la obra, un colectivo del máximo talento al servicio de una vocación.

 

Todos los autores por igual, con independencia de la complejidad o extensión de sus textos, han sido ejemplares en su dedicación, realización y precisión en sus calendarios de entregas, así como por su sensibilidad hacia mis consideraciones sobre sus trabajos. No obstante, quiero reconocer de forma especial el apoyo prestado de algunos autores que, además de su magnífico trabajo, me han ayudado de forma especial en los momentos de redireccionar la obra y sus contenidos, dada la magnitud que iba alcanzando con el paso del tiempo y las constantes ampliaciones. Aquí la labor de Carlos Rubio, Javier Vives, Fernando Sánchez Dragó, Michiko Tsuboi y Menene Gras Balaguer, han sido para mí un apoyo imprescindible en momentos decisivos del proyecto.

 

Asimismo, quiero dar las gracias en mi nombre y el de mi mujer a toda la sociedad japonesa que es, para nosotros, lo mejor del país y lo que realmente imprime una huella diferencial en su cultura. Es imposible recoger los infinitos detalles y situaciones que nos han marcado para siempre en nuestros viajes a Japón, donde siempre hemos encontrado una persona dispuesta a ayudarnos, a ser amiga o a tratar de que nuestra estancia en su país fuera la mejor. Por ello y para no alargar hasta lo indecible este listado, quiero recoger estas pequeñas pinceladas a modo de particular homenaje.

 

Del amplio tejido social, nuestro reconocimiento a los taxistas, siempre dispuestos a ayudar y tratar de hacer más amables los desplazamientos, sobre todo en las pequeñas ciudades y pueblos, siendo verdaderos guías con recomendaciones e información de la máxima precisión. Al personal de las tiendas, que se sienten orgullosos de que entres, compres o no, y que, en caso de hacerlo, ponen todo su empeño no solo en enriquecer tu compra con un envoltorio de arte en papel, sino también en ofrecer su más sincera amabilidad. 

 

A los operarios y empresarios del antiguo mercado de Tsukiji, que durante años nos permitieron preguntar, fotografiar, departir con ellos y en algún momento provocar una involuntaria incomodidad operativa, pero sin perder en ningún instante su amabilidad y deseos de enseñarnos, con todo su orgullo, sus productos o artes de trabajo.

 

A los empleados de los hoteles, restaurantes y otros servicios, que dan lo mejor de sí mismos con tan solo tu sonrisa de agradecimiento como la mejor recompensa y satisfacción ante lo bien hecho.

 

A los muchos amigos que hemos hecho en restaurantes de todo tipo, personas siempre dispuestas a ayudarnos con sus consejos sobre los mejores platos. Siempre, curiosos de conocer nuestra procedencia, para rápidamente entablar una conversación que, en muchos casos, deviene en amistad de muchos años. Entre todos ellos, Tomoko Urasaki, por el inolvidable concierto de koto que nos brindó en el ryokan Kagaya de Ishikawa, a pesar de haber finalizado su actuación… Y que fue el inicio de una larga y entrañable amistad. 

 

A los ciudadanos anónimos, japoneses jubilados en su mayoría, que invierten su tiempo al servicio voluntario a su ciudad, parque o jardín, efectuando tareas de limpieza o jardinería, con la única compensación de saberse al servicio a su comunidad, verdadero ejemplo de solidaridad. 

 

A nuestros muchos amigos japoneses en España, aquí representados por los matrimonios de Yoshi y Yuko Yamashita, verdaderos embajadores de la cocina japonesa en Barcelona y Etsuro Sotoo y Hisako Hiseki, dos excepcionales artistas de dimensión internacional.

 

A la increíble labor de nuestra amiga y guía profesional Shoko Yamamoto, que en los últimos 20 años nos ha acompañado a mi mujer María Rosa Eyre, (—fotógrafa que nos ha permitido documentar la obra—), y a mí en todos los viajes a lo largo de las 47 prefecturas de Japón, compartiendo momentos y lugares inolvidables.

 

Finalmente, mi reconocimiento especial a todas las instituciones japonesas y españolas implicadas en la consecución de este proyecto y de las que siempre he recibido cálidas muestras de valoración y apoyo para poder materializarlo. 

 

Gracias a todos por contribuir a que hoy sea una realidad.

Julián R. Fernández

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